A veces lo ignoramos. A veces lo cubrimos con una tela negra. Otras, lo miramos de reojo, como a un amigo al que traicionamos por no tener fuerzas.

La magia también se rompe

Nadie nos enseña cómo se practica la magia con el corazón hecho pedazos. En los libros, en las redes, en los terribles discursos luminosos del “todo es energía”, se habla poco del momento en que esa energía se vuelve otra cosa. Cuando la muerte entra por nuestra puerta, cuando lo que nos sostenía desaparece, ¿qué hacemos con nuestro altar?

La magia también se nos rompe. Y no por eso deja de ser mágica. Solo cambia de forma.

El silencio de nuestro altar

Cuando el duelo entra, la práctica cambia. Las velas tardan más en prender. Las palabras se enredan. Las oraciones se vuelven lamentos, o simplemente no salen.

No es que perdamos nuestro poder. Es que estamos sosteniendo lo más pesado: el vacío. Y aun así, algo profundo se sigue moviendo, incluso cuando no podemos nombrarlo.

He aprendido —a la fuerza— que el altar no te exige nada. No pide que estés bien, no reclama que “vuelvas a conectar”. Solo espera. Como un viejo árbol que no deja de estar ahí, aunque tú te hayas ido.

Magia en voz baja

Hay formas de seguir, pero no son las que el mundo mágico suele mostrar. Son mínimas, silenciosas, casi invisibles. Pero profundamente reales:

  • Encender una vela sin intención… solo por amor.
  • Dormir con una piedra que te abrace.
  • Hablarle al ser perdido sin preocuparte de si “te escucha”.
  • Llorar frente al altar sin pedir permiso.
  • Respirar, simplemente, frente a una vela encendida.

Eso también es práctica. Eso también es magia.
A veces, sostenerte a ti misma es el único hechizo posible. Y está bien.

Duelo: alquimia silenciosa

El duelo no es una interrupción de tu camino mágico. Es parte de él.
Es fuego lento, tierra removida, aire denso, agua estancada.

Perder a quien amamos nos cambia la vibración, sí. Pero no necesariamente hacia abajo. A veces, nos lleva profundo. Nos obliga a mirar desde donde nunca habíamos mirado. Nos abre a una sabiduría que no se aprende en libros: la de sostener el dolor sin dejar de ser canal.

No hay alquimia más real que esa.

Honrar desde lo roto

No tienes que “sanarte” para volver a tu altar.
Tampoco tienes que abandonarlo si no puedes con todo.

Puedes simplemente dejarlo estar. Respirar. Nombrar lo que ya no está.
Ofrecer una lágrima.
Pedir compañía.
Seguir con miedo, con rabia, con amor… o con todo al mismo tiempo.

Porque tú también eres parte del altar.
Y el duelo —aunque arda, aunque duela— también puede ser una ofrenda.

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